lunes 6 de febrero de 2012

De la renovación de un blog y la necesidad de hacer metáfora

Manifiesto metafórico


El poder es lineal aunque multidireccional. Los gobiernos y autoridades se han empeñado, a lo largo de nuestra historia, en erigir realidades lineales, en abogar por la unicidad en lugar de la multiplicidad. Las restricciones de un orden secuencial, cerrado sobre sí mismo, que no admite lo múltiple como principio, sino más bien como un agente de distracción que debe ser controlado, censurado, expurgado, facilitan la dominación. Es necesario abogar por la descomposición de las secuencias basadas en principios lógicos, cronológicos, que forman parte de una construcción del mundo que nace y crece desde el poder.

Debemos desprendernos del orden fácil que hemos construido y alimentado para nuestra comodidad. Es indispensable deslastrarse del apoltronamiento institucional y educacional, de todo aquello que nos resulte cómodo, y detener la repetición del patrón de producción intelectual en serie para redirigir nuestro pensamiento y nuestras acciones hacia la ruptura y, finalmente, hacia la liberación. No debemos temer ser acusados de antihistóricos, ¿quién ha dicho que la historia puede verse sólo linealmente?, ¿por qué seguir aprendiendo la historia como una serie de eventos cronológicamente ordenados cuando podemos inclinarnos hacia una visión panorámica, y tender redes, ir atando cabos, buscar y desvelar nuevas relaciones que nos permitan comprendernos, conocernos, emanciparnos? Se trata de emprender la búsqueda por asociaciones y relaciones más libres, abiertas y sorprendentes.

Propongo la reivindicación de la multiplicidad, la simultaneidad y la fragmentación. No se trata de cambiar la historia, sino más bien de abolirla como un mero estudio el pasado, sin ir más allá. El pasado no es sólo el pasado; es una construcción que se altera permanentemente, es un discurso que se reelabora y que puede ser sujeto de apropiación y de transformación. En ese sentido el tiempo es más que una sucesión, y la Historia más que una narración. El intento por contextualuizar un determinado evento deber ser mucho más que sólo dar luces sobe la fecha o sobre lo que se dice que ocurrió: debemos inclinarnos por la asociación orgánica, honesta, como método de aproximación al mundo más inmediato y al remoto también. Propongo la libre asociación no como método psicoanalítico sino como herramienta de estudio y de acción, para la aprehensión y la liberación del conocimiento. Hablo de un conocimiento universal, de la totalidad dentro de la cual se tejen innumerables relaciones que están por descubrirse y que no obedecen al orden preestablecido, a la metodología de estudio tradicional. Es necesario aventurarse en la construcción de nuevos métodos.

No debemos, pues, temer al caos y al desorden, al disturbio y la estridencia, al mutismo y la nada. Debe guiarnos la pasión por el saber que no obedece a reglas generales, sino que más bien se basa en la creación de pequeños universos, con sus propias reglas. Universos, sin embargo, abiertos: círculos a medio cerrar, emanando y recibiendo hilos, tejiendo.

Lo cronológico, las medidas, las normas, obedecen a una visión jerarquizada del mundo que le conviene al poder y, que por lo tanto, aspira aplicar estos modelos para la conformar una sociedad sumisa, manejable, conformista con su rango dentro de la escala. Las leyes, por ejemplo, son un conjunto de buenos deseos y amenazas que no surten efecto. El sistema legal no funciona, probablemente nunca ha funcionado. La democracia, como la conocemos, es una falacia. Las leyes están basadas en principios de orden y tranquilidad que son contrarios a la libertad del hombre, a su naturaleza polisémica. El sistema legal nos dirige hacia lo estático, nos reduce, nos mantiene amenazados. Estas estructuras jerarquizadas no sólo pretenden ser aplicadas dentro del ámbito político, pues para ejercer una dominación más efectiva es necesario tener la mayor injerencia en la vida de los ciudadanos. Es por esta razón que las figuras de autoridad buscan aplicar estos sistemas de organización vertical en las aulas, los trabajos, los espacios destinados supuestamente al entretenimiento, etc. Hemos construido un orden que debe ser reconstruido. Es necesario abrir, implotar, romper, gritar, cantar, escribir, correr, desprenderse de los mecanismos de organización que nos reprimen.

Un claro ejemplo de la aplicación de estas estructuras lo constituye el modo en que nos han enseñado a estudiar las artes, nos han obligado a dividirnos entre humanistas y científicos, nos han hecho creer que nuestros métodos son incompatibles, que hay fronteras insuperables. Todos estos, argumentos retrógrados que luchamos día a día por superar, pero que siguen incrustados en las aulas. Esta separación no es otra cosa que el intento de enmarcarnos, segregarnos, definirnos, limitarnos. Han pretendido formarnos para la especialización, para la eficiencia, para el progreso, sin siquiera consultarnos. Y nosotros solemos aceptarlo, alimentamos a la bestia que nos domina sin darnos cuenta. No es nada nuevo lo que digo, pero debe seguir diciéndose hasta que superemos las taras de un mundo dividido, que no se corresponde con la manera en la que fluye el pensamiento, que es antinatural y que nos mantiene enjaulados. Hay, sin embargo pequeñas trincheras, cada vez más arrinconadas, que defienden esta y otras visiones similares. Esas escuelas que forman individuos con criterio son los lugares de resistencia que debemos preservar y fortalecer cada día.

El estudio del arte y la creación en sí misma son campos fértiles para sembrar la pasión por la multiplicidad. Entender que un gesto puede presentirse en una melodía, que la acción no es solamente un asunto del teatro, son ejemplos de la visión que, aunque no está liberada aún, está luchando por hacerlo. Es necesaria una visión poética y esto no implica el edulcoramiento, sino la amplitud y el desprendimiento de la manera de establecer relaciones entre distintas disciplinas. Urge fortalecer las Escuelas de pensamiento libre y construir nuevos espacios, encaminarnos hacia la liberación de las estructuras que nos relacionan con la obra. Es necesaria una escuela de la metáfora. La liberación puede comenzar por aquí y extenderse, propagarse. Los sistemas de organización del mundo están a favor de los poderosos, no basta con declararse al margen, es necesario un movimiento que repercuta en todas las esferas de nuestra vida, que resemantice el trabajo del artista y del espectador, del creador, del ciudadano.

Este movimiento no debe ser unidireccional sino ser más bien un estallido que movilice las posturas y las concepciones de nosotros mismos; que nos haga dejar de vernos sólo como artistas o sólo como trabajadores. Es necesario que seamos obreros, artesanos del pensamiento, constructores de metáforas. Y con el término “metáfora” no hablo en sentido figurado: debemos trabajar con el cuerpo y el intelecto para producir un movimiento que haga nacer nuevos significados para lo que ya conocemos. Esta reconstrucción no comienza sólo en las universidades, o sólo en las fábricas. Hemos cometido un error al creer que hay luchas que sólo le conciernen a algunos sectores: debemos trabajar simultáneamente, proveernos de herramientas lo unos a los otros. Puesto que el poder se expresa dominándonos en todos los terrenos, cualquier campo es fértil para la ruptura con los principios jerarquizantes y cronologizantes.

Propongo, como un ejemplo, que pongamos la atención en torno al principio de continuidad de la acción, y lo veamos como una herramienta aplicable no sólo a las artes. Si logramos construir una mirada que se incline por un todo fragmentado pero que sigue siendo contundente, por mensajes que no son lineales ni digeribles ni codificados, sino simultáneos, entonces podremos comenzar a trasladar estas prácticas, que pertenecen originalmente al estudio de las artes, al ámbito más cotidiano de nuestra vida.

Para abordar el tema del principio de continuidad de la acción podríamos tomar la palabra de Eugenio Barba, quien se refiere a la acción como la ruptura de los automatismos físicos y mentales del actor. Este quiebre se da por un proceso de desarticulación que sucede tanto en el cuerpo del actor como en “el afuera”, es decir, en su comportamiento en escena. Estos automatismos constituyen, finalmente, el discurso de poder, la costumbre, lo conservador. La ruptura produce una especie de “armonía artificial” que permite transformar ese cuerpo desarticulado en un sistema regido más por la lógica intrínseca a este universo, que por una mera relación lineal, que no es otra cosa que lo que se planteó al principio: un impulso que permite desmantelar, desarticular, inclinarse por lo discontinuo, para dirigirse hacia un nuevo paradigma, hacia un nuevo sistema de relaciones.

Es decir, que si tomamos este mismo principio de fragmentación y posterior reordenamiento basado en leyes orgánicas y lo aplicamos a otras disciplinas artísticas, nos encontraremos con que el fenómeno que hace que lo contrario sea también complementario -y que es esencialmente metafórico- que origina la acción teatral, también está presente en la música, la plástica, el cine y otras artes. Pero, si vamos más allá, sabremos que todo el proceso de desintegración propuesto es aplicable a los demás ámbitos de nuestra vida, no sólo es un punto de reflexión sobre el arte: es un camino hacia la construcción de la mirada múltiple que será, por antonomasia, emancipadora.

Tomemos por ejemplo este principio, construyamos un sistema de relaciones menos rectilíneo. Así como en el caso del arte, el hilo de la acción continúa fluyendo y posee una forma, un ritmo y un flujo, el impulso de liberación del orden cerrado no se diluirá. Apostemos por el desmembramiento de la acción, de los cánones, de las relaciones preconcebidas y dirijámonos hacia lo abierto, hacia un reordenamiento orgánico, cuidadoso, detallista y fiel a sí mismo. El camino no es, como nos han hecho creer, uno sólo. Hagamos metáfora.

viernes 21 de enero de 2011

Las olas nacen del cuerpo.
Con el brazo se llevan lejos,
cada vez más lejos.
Y uno las mira moverse.
Se siente la brisa.
Resuenan.
Hay ecos.

domingo 26 de septiembre de 2010

Ellas


Hay días en que las palabras se me vienen encima

y como astillas se me clavan en las manos,

la espalda, el cuello.


Quieren rebelarse, dejar de ser etéreas.

Ya no quieren ser sólo aire,

piden ser las dueñas del destino.


Pobres inocentes astillitas,

tan solas contra el mundo,

tan lejos de mi boca,

tan lejos de tu oído...


domingo 14 de febrero de 2010

Del baúl 2

Cuando era niña mi papá y yo transitábamos las calles del D.F, las larguísimas calles de la grandísima ciudad, en su destartalado pero fiel automóvil. Teníamos que recorrer la ciudad de un extremo a otro para ir desde mi escuela hasta su casa. Para pasar el tiempo, inventábamos juegos y tararéabamos canciones. El juego que más recuerdo es "El juego de los colores": consistía en que cada uno nombraba un color y, por turnos, el otro tenía que repetir todos los colores ya nombrados, en el orden correcto.
Yo empezaba: amarillo (casi siempre comenzaba con el amarillo, era un buen comienzo), él seguía: amarillo-verde, luego yo: amarillo-verde-azul... Y así hasta que se nos acababan los colores. Entonces inventábamos otros como: "color verde desteñido del delantal de la abuela" y ahí, obviamente, olvidábamos el orden.
De pronto habíamos llegado a casa, en un tris. En un tris de colores.

Del baúl 1


Cuando tenía diez años vivía en León Guanajuato, en un apartamento viejo y grande, en el centro de la ciudad. Había un gran ventanal en la sala y en los cuartos también había grandes y luminosas ventanas. Nunca tuvimos cortinas en esa casa, no se si es porque no teníamos dinero o simplemente porque no. Debido a la falta de cortinas, mi mamá y yo decidimos comprar pliegos de papel de crepé y pegarlos de los vidrios de las ventanas. El efecto era mágico: la luz del día entraba a la casa y se filtraba por el papel, produciendo una luz del color del mismo. Así, cada cierto tiempo podíamos tener la luz del color que eligiéramos o incluso hacer combinaciones a nuestro antojo.
Era mi casa un caleidoscopio.

domingo 25 de octubre de 2009

Niño mío


“Me duele este niño hambriento

como una grandiosa espina,

y su vivir ceniciento

revuelve mi alma de encina…”

Miguel Hernández, El niño yuntero


Niño mío que aún no tengo,

niño hermoso que andas por la vida golpe a golpe.

niño carne

niño herramienta.


Niño triste, niño tierra.

¿Dónde hallar el consuelo para ti,

cómo curar tus heridas,

cómo darte otra vida?


Niño dolor del pecho,

dolor del cuerpo,

niño adorado,

niño insalvable.


En tus pequeñas manos, bajo tus uñas,

se esconde la tierra que trabajas

pues los bueyes ya se han ido

y tú, niño mío, cargas la yunta en tu espalda


Y tus pies, tan blandos,

se hunden en la tierra.

Tus pies desnudos ante la vida.

La vida, tan dura y tan fría.


Y tu rostro ennegrecido

por la tierra y el dolor, se ha endurecido.

No eres más cara de niño,

sino hombrecito del arado


Los troncos de madera son tu cruz

y así la arrastras por los campos.

Cómo no llorarte, pequeño mío.

Cómo no cargar la cruz contigo.


Cómo no abrazarte, niño de nadie

niño de todos, niño todos los niños

Quiero salvarte,

amamantarte.


Pero te me pierdes en la tierra, te vas hundiendo.

me arrebatan tu pequeña mano.

No la alcanzo, niño mío.

Y te pierdo, te pierdo.

domingo 11 de octubre de 2009

Al encuentro de Francis Rueda

Sentada en la Sala de Conciertos del ex-Ateneo, mirando al escenario, me encontré con Francis Rueda. Apareció la mujer con ropas negras, sencillas. Se sentó sobre el baúl que estaba en medio del escenario y de pronto fue como si todos estuviéramos sentados ahí, cerquita de ella. Escuchándola desnudarse en palabras, casi podía tocarla.

Me hablaba a mí. Nos hablaba a todos. Nos contaba las peripecias de quien vive de usurpar la vida de un personaje; de cómo lo persigue, de su lucha con él, y de cómo –si corre con suerte y si es lo suficientemente hábil- logra unir su vida con la del personaje. Momentáneamente su cuerpo de actriz y el alma del personaje en cuestión, son uno solo.

Yo, que suelo preguntarme cómo logran los actores no mezclarse demasiado con sus personajes, cómo saben cuándo parar en el juego de la interpretación, cómo no caen en excesos y bajan del escenario creyéndose el otro y no quienes son; yo que le tengo temor a actuar por dudar de mi capacidad de desprendimiento, por no saber si seré capaz de sacudirme al personaje cuando todo se termine… no hallé respuestas con Francis: hallé consuelo, el consuelo de saber que no es tarea fácil y que mis temores son totalmente fundados. Desde ese momento me atrapó. Toda mi atención, mi mente, mi cuerpo, estaban aquí y ahora. Con ella.

Cuando salió a escena usaba unas sandalias negras, bajitas. Se descalzó y, mientras nos contaba del primer personaje, tomaba unos zapatos negros para ser Lucrecia. La transformación se dio en cuestión de segundos. No podía salir de mi asombro: hace sólo dos segundos que Francis introducía a Lucrecia y ahora es Lucrecia. Después sustituyó los zapatitos negros por unas sandalias color plata: Greta Garbo se pavoneaba, exquisita, frente a nosotros.

Al termina con la Garbo, Francis calzó unos botines. Mientras se los ponía hablaba de Laurencia, de cómo se debe haber sentido; de su dolor, de su humillación, de su ira, de su profundo desconsuelo. Ahí estaba frente a mi Laurencia, desesperada. Esa mujer me estremeció.

Después fue el turno de Clov, de “Final de partida”. Esta vez con unas botas negras. Su cuerpo cambió, ocultó su cabellera dorada y sus delicados pies se sumieron en la negrura plástica de las botas de hule.

Apareció también Ramona, de “El rompimiento", de Guinad. No lograba reconocer a Francis bajo esos lentes y ese suéter horrendo. Apareció, casi al final, “La rompefuegos” de “Lo que dejó la tempestad”; esa mujer guerrillera, ruda, torpe, arrecha. Excelente, simplemente excelente.

En fin, disfruté cada personaje: Lucrecia, Greta Garbo, Laurencia, Ramona, Clitemnestra, Clov, Brusca…

Pero lo que fue un placer indescriptible fue ver la caracterización de cada uno de los personajes. Los zapatos. Los zapatos cambiaban con cada una de las mujeres que aparecía en escena, como si los pies fueran fundamentales. Como si fuera necesario que cada uno de los diez dedos de los pies fuera parte también del personaje que se interpreta. A cada zapato correspondía un personaje. Así fue Francis Rueda intercambiándose zapatos a la par que intercambiaba personajes. Fue mágico.

De pronto todos los zapatos sobraron. Francis salió de Ramona, o Ramona de Francis, o las dos cosas y entonces llegó Medea. Pero antes la actriz confesó: “debí esperar a tener cuarenta años de experiencia para interpretar a Medea”. Escondió de nuevo sus cabellos bajo una peluca negra, una larga trenza se deslizó por sus hombros. Con un movimiento sutil, casi elegante, apartó los zapatos y las sandalias como si fueran ropas viejas de un personaje ya muerto. Medea tenía que ser descalza, no había opción. Ese fue el personaje que más me cautivó, fue el momento en que la vi más desnuda que nunca, más conectada quizás, más ella misma Francis-Medea, Medea-Francis: trágica, dolorosa y descalza.

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