martes, 2 de junio de 2009

Los caminantes descalzos

Largas filas de gente,
largas líneas de humanidad.
Han andado siglos,
descalzos
hambrientos
envueltos en un solo harapo de dolor.

Huérfanos
sin techo, sin paraguas.
¡Tantas almas solas!
Ay, tantos cuerpos enfriándose a la intemperie.
Y estas letras, mis pobres letras
también serán baleadas
acribilladas
olvidadas…
Mis pobres letras también caerán mojadas
serán lodosas.

Caminan las gentes descalzas por campos minados
Silenciosos van,
sus sonidos son ahora sordos.
Algunos van cantando un lamento y
los golpean
y el sol les pesa.

Los caminantes, los prisioneros,
llevan su vida y su historia
en un saco
sobre la espalda.
Los cuerpos con llagas
Sudados.
Sedientos.
¿Cuánto más habrán de recorrer?
¿Dónde la calma, dónde el descanso?

Algunos cuerpos se caen.
Los niños, que están más cerca del suelo, los miran de cerca
los huelen
sus pies pequeños también golpean el suelo de tierra.

No hay horizonte
todo es plano, seco, vacío.
Unos cuerpos se resisten, otros se vencen.
Ahí va Antonio Machado, ahí va Miguel Hernández,
Allá.
Son fascistas, rojos, poetas, herejes, locos
Son iguales: humanidad andante sin destino
en una larguísima fila.

Se oyen las balas cerca.
Todos corren.
Hay sangre,
hay gritos.
Hay más y más guerra
y uno ya no sabe si el grito es propio
o si es el mismo grito prolongado de toda la humanidad
que muere
Porque todas las guerras son las de ahora:
las mismas guerras, las mismas filas de gentes.

Las mujeres rezan mientras andan.
Los hombres, humillados, lloran
Los desnudan.
Los asfixian.
Los acaban.

Antes de morir un cura los confiesa
¿Qué confiesan los caminantes descalzos?
¿Cual ha sido el pecado?
¿Creer?
¿Luchar?
¿Escribir?
¿Hablar?
¿Vivir?

Algunos otros los ven pasar.
Quieren tenderles la mano
pero los verdugos de siempre se las han cortado.
Desde las casas los ojos miran
los dedos rotos que se hunden en el barro.
Dedos descalzos, almas desnudas.

Desvalijados andan los cuerpos
en una sola fila
bajo lluvia, bajo el sol
bajo los gritos, bajo las balas.

Sus cuerpos temblorosos
Sus pies cansados, con llagas.
Heridos.

Una cruz elevarán
en la tierra donde caigan
los caminantes
Y nada más.
Nada más.

Me duelen sus pies, sus muertes,
sus cuerpos amontonados y sin vida.
Los lloro sin consuelo
No vendrán.
Nunca más vendrán,
serán fantasmas.

A lo lejos suenan las campanas
como la sangre derramada de los caminantes sin nombre.
Agotados alzan las manos,
indefensos.
No conocerán las cosas buenas de la vida
no envejecerán.

En otros campos los niños juegan a la guerra,
es el juego que les hemos enseñado
nosotros,
los que no somos
los caminantes descalzos.

4 comentarios:

  1. Sencillo y genial; sencillamente genial. Gran poema.
    ¡Horror, pasión, conmoción, compasión!
    Espero leer mucho más de esta mujer descalza...

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  2. En verdad es un gusto y una alegría poder encontrarte en este blog. No sabía que lo habías abierto. Me alegro que comenzamos a compartir este espacio bloguero. En cuanto al poema, creo que lograste hacer sentir al lector ese horror, ese dolor, que intentás describir. Es un buen trabajo Mari.

    Te mando un abrazo.

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  3. Muy bonito Mari, pensé en el tiempo... la campana y la cruz.

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