De pronto, en medio del jardín, ella sintió el impulso de quitarse los zapatos. Se echó en el pasto verde y húmedo.
Descalza.
Llevaba puestos unos pantalones cortos y negros que hacían contraste con su piel blanquísima y brillante. Frente a nosotros había un mujer sentada que recitaba sus poemas, la acompañaban dos guitarristas. La otra, la mujer descalza, no podía escuchar bien. Por eso había decidio desnudar sus pies. La muejer que recitaba se fue perdiendo, de pronto ya no me importó. Sólo podía ver a la joven de pies desnudos. A su lado estaba su amor, también descalzo. Se miraban, de vez encuando, en silencio:
cuatro pies descalzos.
Ella recogió sus piernas. Sobre su rodilla izquierda apoyó su brazo. Sobre la mano su frente. Los dedos acariciaban sus cabellos. Yo ya no podía escuchar nada; ni las guitarras, ni a la mujer. Sólo podía ver sus dedos hermosos sumergidos en lo verde, moviéndose al ritmo de las guitarras. Sus zapatos de colores estridentes como flotando...
Flotaba, flotaba.

Acabo de ver tus pies en el pasto...
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