Sentada en la Sala de Conciertos del ex-Ateneo, mirando al escenario, me encontré con Francis Rueda. Apareció la mujer con ropas negras, sencillas. Se sentó sobre el baúl que estaba en medio del escenario y de pronto fue como si todos estuviéramos sentados ahí, cerquita de ella. Escuchándola desnudarse en palabras, casi podía tocarla.
Me hablaba a mí. Nos hablaba a todos. Nos contaba las peripecias de quien vive de usurpar la vida de un personaje; de cómo lo persigue, de su lucha con él, y de cómo –si corre con suerte y si es lo suficientemente hábil- logra unir su vida con la del personaje. Momentáneamente su cuerpo de actriz y el alma del personaje en cuestión, son uno solo.
Yo, que suelo preguntarme cómo logran los actores no mezclarse demasiado con sus personajes, cómo saben cuándo parar en el juego de la interpretación, cómo no caen en excesos y bajan del escenario creyéndose el otro y no quienes son; yo que le tengo temor a actuar por dudar de mi capacidad de desprendimiento, por no saber si seré capaz de sacudirme al personaje cuando todo se termine… no hallé respuestas con Francis: hallé consuelo, el consuelo de saber que no es tarea fácil y que mis temores son totalmente fundados. Desde ese momento me atrapó. Toda mi atención, mi mente, mi cuerpo, estaban aquí y ahora. Con ella.
Cuando salió a escena usaba unas sandalias negras, bajitas. Se descalzó y, mientras nos contaba del primer personaje, tomaba unos zapatos negros para ser Lucrecia. La transformación se dio en cuestión de segundos. No podía salir de mi asombro: hace sólo dos segundos que Francis introducía a Lucrecia y ahora es Lucrecia. Después sustituyó los zapatitos negros por unas sandalias color plata: Greta Garbo se pavoneaba, exquisita, frente a nosotros.
Al termina con la Garbo, Francis calzó unos botines. Mientras se los ponía hablaba de Laurencia, de cómo se debe haber sentido; de su dolor, de su humillación, de su ira, de su profundo desconsuelo. Ahí estaba frente a mi Laurencia, desesperada. Esa mujer me estremeció.
Después fue el turno de Clov, de “Final de partida”. Esta vez con unas botas negras. Su cuerpo cambió, ocultó su cabellera dorada y sus delicados pies se sumieron en la negrura plástica de las botas de hule.
Apareció también Ramona, de “El rompimiento", de Guinad. No lograba reconocer a Francis bajo esos lentes y ese suéter horrendo. Apareció, casi al final, “La rompefuegos” de “Lo que dejó la tempestad”; esa mujer guerrillera, ruda, torpe, arrecha. Excelente, simplemente excelente.
En fin, disfruté cada personaje: Lucrecia, Greta Garbo, Laurencia, Ramona, Clitemnestra, Clov, Brusca…
Pero lo que fue un placer indescriptible fue ver la caracterización de cada uno de los personajes. Los zapatos. Los zapatos cambiaban con cada una de las mujeres que aparecía en escena, como si los pies fueran fundamentales. Como si fuera necesario que cada uno de los diez dedos de los pies fuera parte también del personaje que se interpreta. A cada zapato correspondía un personaje. Así fue Francis Rueda intercambiándose zapatos a la par que intercambiaba personajes. Fue mágico.
De pronto todos los zapatos sobraron. Francis salió de Ramona, o Ramona de Francis, o las dos cosas y entonces llegó Medea. Pero antes la actriz confesó: “debí esperar a tener cuarenta años de experiencia para interpretar a Medea”. Escondió de nuevo sus cabellos bajo una peluca negra, una larga trenza se deslizó por sus hombros. Con un movimiento sutil, casi elegante, apartó los zapatos y las sandalias como si fueran ropas viejas de un personaje ya muerto. Medea tenía que ser descalza, no había opción. Ese fue el personaje que más me cautivó, fue el momento en que la vi más desnuda que nunca, más conectada quizás, más ella misma Francis-Medea, Medea-Francis: trágica, dolorosa y descalza.

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