Cuando tenía diez años vivía en León Guanajuato, en un apartamento viejo y grande, en el centro de la ciudad. Había un gran ventanal en la sala y en los cuartos también había grandes y luminosas ventanas. Nunca tuvimos cortinas en esa casa, no se si es porque no teníamos dinero o simplemente porque no. Debido a la falta de cortinas, mi mamá y yo decidimos comprar pliegos de papel de crepé y pegarlos de los vidrios de las ventanas. El efecto era mágico: la luz del día entraba a la casa y se filtraba por el papel, produciendo una luz del color del mismo. Así, cada cierto tiempo podíamos tener la luz del color que eligiéramos o incluso hacer combinaciones a nuestro antojo.
Era mi casa un caleidoscopio.

es tu alma un caleidoscopio
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